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El día a día del nuevo papel del enfermero

Nueve de la mañana en un centro de salud cualquiera. Una madre llega con su niño de seis meses al que le ‘toca’ vacunar en el marco del calendario vacunal establecido. Hasta ahora, pedía cita para la consulta de enfermería de vacunas y en menos de diez minutos le habían administrado las vacunas correspondientes a su edad. Todo, a cargo de un profesional de enfermería que, además de arrastrar tras de sí todos los conocimientos adquiridos en un Grado, conoce, al dedillo, un protocolo, el de vacunación, totalmente validado por el resto de profesionales sanitarios y la propia administración.

Hasta aquí, todo normal. Pasos que se dan a diario en cientos de centros de salud con consulta de vacunación. Al menos, hasta que se publique el Real Decreto de prescripción enfermera aprobado por el Consejo de Ministros y que vendrá a cambiar las cosas. A peor.

A partir de entonces, la mamá tendrá que pedir cita primero para el médico pediatra que confirmará que ese pequeño tiene seis meses y que sí, le corresponden las vacunas de los seis meses y que sí, se puede proceder a vacunar con esta y aquella dosis concreta. La mamá o el papá volverá a pedir cita esta vez con la consulta de enfermería y, más concretamente, con la de vacunación. El enfermero vacunará con la prescripción médica escrita encima de la mesa y no dejará marchar al niño hasta que otra vez, el médico pediatra correspondiente dé el visto bueno. Es decir, que el facultativo tendrá que volver a salir de su consulta para, supervisar que el niño no presenta síntomas adversos y pueda irse a su casa.

Un hospital de referencia, como Torrecárdenas. Son las ocho y media de la tarde y una paciente ingresada en Nefrología a la espera de unas pruebas diagnósticas que le harán dos días después, sufre un intenso dolor de cabeza. Llama a la enfermera que le tomará el pulso, le cogerá la mano, la tranquilizará y poco más. Tendrá que llamar al médico especialista en Nefrología para que, estando de guardia, acuda a la habitación y constate que la paciente tiene una cefalea o dolor de cabeza banal causado, probablemente por los nervios de tener que enfrentarse a una prueba diagnóstica compleja. Será el médico especialista en el riñón el que tome la decisión de que la enfermera le dé un analgésico. Imposible hacerlo sin el nefrólogo con el nuevo Decreto de Prescripción Enfermera.

Dos de la mañana, un residente de un centro geriátrico cualquiera sufre vómitos y diarreas. Nada podrá hacer la enfermera que está de guardia hasta que llegue el médico correspondiente, salvo tranquilizar y limpiar a la persona de edad avanzada. Nada, hasta que el facultativo recoja la llamada, salga de su casa y acuda a la residencia, más o menos cercana a su domicilio, para ver a un anciano al que le ha sentado mal la cena. Algo banal, pero muy corriente cuando una persona llega a una edad avanzada. La enfermera, a pesar de su preparación, tampoco podrá hacer nada salvo esperar porque con la ley en la mano, ni agua con limón se puede recetar.

Y de eso se trata, de esperar. El tiempo, con el nuevo Decreto de prescripción enfermera, va a tener un papel relevante. Lo que hasta ahora se hace de forma protocolizada, que no quiere decir otra cosa que se ha revisado, comprobado, constatado, confirmado que funciona con total seguridad, se va a dejar de lado para esperar a que el facultativo confirme lo que tanto el enfermero como él mismo, saben. Que el enfermero tendrá que curar una úlcera de presión a un paciente encamado en su domicilio como lo ha venido haciendo hasta ahora, salvo que con el nuevo decreto, tardará más. Porque tendrá que confirmar y validar todos sus pasos con el médico.

Tiempo se perderá en una campaña de vacunación como la antigripal cuando las citas sean primero con el médico y después con el enfermero de vacunas, aunque todos sepan, incluido el auxiliar administrativo que está tras el mostrador, que la señora que con 76 años tiene delante, y que padece diabetes, es parte de la llamada población diana y tiene que recibir la vacuna frente a la gripe.
Tiempo se perderá en llamar a unos y otros para que observen un dolor de cabeza en un paciente hospitalizado con un brazo roto, por ejemplo.

Y si esta pérdida de tiempo complicará el transcurso normal de las consultas médicas en un centro de salud o las noches de guardia en una unidad de gestión clínica en un hospital de referencia, nada tendrán que ver con la falta de calidad y calidez asistencial que va a observar el paciente.

Un paciente que tendrá que dar dos vueltas, en lugar de una, para que el médico confirme lo que la enfermera o el enfermero ya saben. Y es que un protocolo de actuación frente a una herida crónica compleja, un estudio sobre la población que requiere una vacuna determinada o elegir uno u otro producto para curar una úlcera por presión va a contar, a partir de ahora, con más pasos de los hasta ahora necesarios. ¿Por qué? Porque hay quien piensa que el enfermero quiere recetar a boleo y sin consultar al médico, cuando la propuesta enfermera de prescripción nada tiene que ver con esto y mucho sí tiene que ver con el rigor y el estudio de protocolos que, durante los últimos años han sido consensuados y ya se sabe que funcionan. Sólo faltaba que la ley respaldara al enfermero en sus actuaciones. Nada novedosas, por otra parte, sino que son las que lleva haciendo así desde hace tiempo. Y no por quitar funciones a otro sanitario, sino porque son suyas por derecho y sabe hacerlas bien.

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Autor Enfermería Almeriense

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