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Imagen de hombre solo en Madrid

Frente a las multitudes que suelen conformar la imagen de la ciudad de Madrid, hace un tiempo que me viene sorprendiendo la figura de una persona, siempre sola, casi un eremita en uno de los entornos de mayor movimiento de la capital. No es un mendigo, aunque su imagen pueda parecerlo. Y no lo es porque, al contrario de los que buscan el apoyo de la gente, nuestro personaje da la impresión de no querer entrar en contacto con otros ciudadanos. Es la estampa de un solitario en medio del ruido y del tráfico de Madrid.

En este mundo de contrastes que es nuestra capital, hay dos cosas que siempre me llaman la atención: las colas que, con carácter periódico, se forman ante determinados templos (las hay también diarias ante los comedores sociales) y las personas solas que parecen ocupar una plaza permanente en lugares fijos de la ciudad.

Sobre las colas primeras, cada año me conmueve la que con bastante antelación (he contabilizado hasta más de un mes) se organiza para, el primer viernes del mes de marzo, tributar devoción al Cristo de Medinaceli. Pese al tiempo que transcurre en la espera, la organización y la inclusión en la lista de espera, es casi perfecta, pues hasta se organizan turnos para mantener el puesto a lo largo del tiempo.

En este contexto religioso debo citar, pues me llamó la atención la primera vez que me topé y pregunté por ella, la que los días 13 de cada mes se forma ante el oratorio del Niño del Remedio, en las proximidades de la Puerta del Sol.

Sé que hay otras, buena muestra de lo variopinto de este Madrid, y alguna vez iré a visitarlas. Pero lo que yo quiero es escribir del hombre solitario que, al menos cuando lo veo, parece realizar todo un rito de desplazamientos a lo largo del muro sobre el que se asienta la pequeña barandilla que, al otro lado del Campo del Moro, a espaldas del Palacio Real hacia el río Manzanares, separa el asfalto del arbolado en torno a la ermita de la Virgen del Puerto.

Se trata de un hombre negro (de color dirían algunos), siempre abrigado y siempre solo. No importa la hora que pases por la mañana, allí lo verás. Andando, sobre el escaso muro o a horcajadas sobre la barandilla. Nunca lo he visto hablar con nadie ni yo mismo lo he intentado, algo que no suele sucederme con los solitarios que ocupan puestos fijos en la ciudad para solicitar la ayuda de los viandantes.

De la mayoría de estos últimos podría escribir algunas historias, pues la hay sorprendentes. Lo haré. Ahora lo que me llama la atención es la imagen de este solitario del Paseo de la Virgen del Puerto, junto a uno de los sitios más transitados de la ciudad, la que fuera Estación del Norte y hoy nudo de comunicaciones y centro comercial de Príncipe Pío.

Así son los contrastes de la ciudad de Madrid.

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