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La Sanidad catalana cae en picado

Los que piensen que habrá una Cataluña independiente y que el sistema sanitario resultante mejoraría sus prestaciones se equivocan doblemente.

Primero, porque Cataluña no será nunca una nación desgajada del resto de España mientras tenga al frente a unos dirigentes iletrados, oportunistas y, sobre todo, embaucadores para con los propios ciudadanos a los que dicen representar. El Estado, obviamente, se lo impedirá. Y segundo, porque la experiencia de autogestión de esta comunidad muestra unos resultados que empeoran con el paso del tiempo, lo que no augura precisamente un futuro prometedor en caso de que el desatino y la tropelía llegaran a consumarse pese a contar con todos los elementos en contra.

Si hace unos años, básicamente desde las transferencias y hasta 2000, la Sanidad catalana era ejemplo de admiración por sus innovaciones gestoras, la excelencia de sus centros sanitarios, su capacidad de atracción de profesionales punteros y su eficacia en el manejo de factores como las listas de espera o, incluso, el gasto farmacéutico, hoy se ha convertido prácticamente en todo lo contrario: los expertos miran a la Sanidad catalana, sí, pero no precisamente como un modelo a imitar. Los causantes de esta transformación son múltiples, pero uno prima sobre los demás: la nefasta gestión política y económica que arrancó en los últimos tiempos de CiU, se generalizó durante el gobierno del Tripartito y se ha disparado ahora, como si de un tumor se tratara, de la mano de la radicalidad.

Cataluña, por ejemplo, atraía antes a los mejores aspirantes a especialista médico de España; hoy, sin embargo, los MIR más punteros se decantan por Madrid. Las farmacéuticas, que antaño eran pujantes y entroncaban con lo más granado de la burguesía catalana, languidecen embutidas en números rojos. Lo hacen en parte, sí, por los ajustes emanados desde la capital para contener el déficit en todo el país por la vía del medicamento, pero también por la estulticia de unos dirigentes autóctonos que no se han caracterizado por auxiliar a un tejido empresarial vulnerable a la crisis.

Hoy, el presupuesto que la Generalitat destina a su Sanidad es 1.300 millones de euros menor que en 2010, y cada catalán apenas toca a 1.090 euros al año, cuando en otras regiones la cifra supera ya los 1.300 euros. Tampoco anda boyante Cataluña en listas de espera: alrededor de 200.000 pacientes aguardan en estos momentos una operación, 46.000 más que hace cinco años. Y puestos a revisar salarios, podrá comprobarse que los 39.000 facultativos y los 50.000 enfermeros del sector público han perdido un 25% de su salario en un lustro.

No, la tendencia no es hacia una Sanidad catalana mejor, sino peor, y la responsabilidad recae en gran parte en los gestores que la han comandado: desde Xavier Pomés a Toni Comín, pasando por Marina Geli y Boi Ruiz, aunque a éste puede disculpársele porque le tocó bailar con una herencia nefasta en pleno epicentro de la crisis.

PREGUNTAS CON RESPUESTA

¿Qué máximo dirigente actual de una patronal sanitaria se lleva muy mal con una persona que ocupó su puesto en el pasado?

¿Qué amante de Mozart tiene todas las papeletas para ascender en una patronal sanitaria?

¿Qué sindicato sanitario sufre una aguda caída de afiliados no causada precisamente por la crisis?

¿Qué gerente hospitalario de la Comunidad de Madrid anda alicaído desde el verano? ¿Por qué?

¿Qué elección endogámica ha desatado todo tipo de chascarrillos en la organización en la que se ha producido, hace apenas unas semanas?

Sergio Alonso

Autor Sergio Alonso

Fundador y director del suplemento A tu salud del diario LA RAZÓN

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