platero y yo

¡Sin valores, no hay futuro!

Creo que hoy es un día idóneo para comenzar mi colaboración en esta Bitácora Enfermera. Un espacio abierto en el que me estrenaré sintiéndome, como no podría ser de otro modo, absolutamente libre para reflexionar en torno a nuestra profesión  centrado preferentemente en el pensamiento crítico del que creo estamos tan necesitados.

Cuando los enfermeros nos quejamos, por ejemplo, de nuestras condiciones laborales, de nuestra escasez de profesionales con respecto a otros países de nuestro entorno, de las grandes dificultades que encontramos para lograr algo tan simple como que se desarrolle una ley ya  aprobada a favor de nuestro desarrollo profesional y de la seguridad de nuestros pacientes, entonces se nos acusa de victimismo.

Si los enfermeros  revelamos, en un ejercicio de trasparencia científica y moral, que determinadas  políticas de recortes  coyunturales y cortoplacistas,  pueden poner en riesgo la seguridad de las personas y se acompañan, como está demostrado científicamente, de un incremento de la morbimortalidad entonces se nos acusa de demagogos e irresponsables.

Si algunos enfermeros nos mostramos solidarios con los, inmoralmente, etiquetados de “sin papeles”, “irregulares” o “inmigrantes ilegales” que han visto limitado su acceso al derecho universal –por humano- de proteger su salud, entonces se nos llama irresponsables o se nos dice que actuamos en contra de la sostenibilidad del Sistema Nacional de Salud.

Si, por algún tipo de capricho injustificado, se nos ocurre pensar que cada vez se hace más difícil confiar en quienes, en un día como hoy dirán que la profesión enfermera es “emergente”, “fundamental”, “clave” en la prestación de servicios sanitarios., entonces se nos tachará de “desconfiados”, “derrotistas”, “negativos”.

En definitiva que todo lo que no sea dar la razón, jalear o manifestar un acto de fe sin precedentes con aquellos que donde dijeron “digo” dicen “diego” es un ejercicio de maldad irresponsable e injustificada, como he oído ya decir a alguno en la sombra: ¿Qué más quieren estos enfermeros que hasta pueden ser graduados, master o doctores? ¿No es este el prólogo a un nuevo modelo médico hegemónico?

Sin derrotismo

Yo he decidido no quejarme, ni hacer demagogia –curiosamente calificativo del que se acusa cada vez más a quien dice verdades como templos-  ni aparecer como un irresponsable. Menos aún quiero seguir llevando sobre mis espaldas el pesado cartel de “derrotista”. En un día tan señalado como el Día Internacional de la Enfermera en el que conmemoramos el nacimiento allá por el año 1820 de una digna sucesora de precursoras como Olimpia o Febe ambas diaconisas neotestamentarias o de nuestro patrón San Juan de Dios y de tantos otros muy anteriores a Florence Nightingale lo que deseo, ya para siempre, es volver a nuestra esencia enfermera.

¿Para qué dedicar ni un instante más a aquellos de los que tanto cuesta saber qué se puede esperar? Conste que lo digo sin ninguna acritud, sí con cierta lastima. Son ellos los que tendrán que demostrar lo contrario y mientras lo hacen, o no, quien sabe, somos los enfermeros y las enfermeras los que tenemos que seguir mostrando nuestro compromiso con las personas, las más frágiles, las más vulnerables, las que más necesitan de nuestros cuidados Ellos son nuestros auténticos aliados.

Nuestros verdaderos logros van a seguir llegando por el reconocimiento, el cultivo y el incremento de los valores genuinamente enfermeros y todo  transcurre,  inexorablemente por poner a la persona en el centro de nuestra actividad, en el origen y el destino del sentido último de nuestra profesión.

Esta es la clave auténtica. No nos engañamos. Si bajamos la guardia en ello, ¡no hay futuro!

No resulta fácil hablar de estas cosas en medio de una cultura light, epidérmica o como denominaba con verdadera autoridad Erich Fromm, en medio de una cultura “del escaparate”. En un escenario en el que prima el aforismo “tanto tienes tanto vales” como persuadir de que el ejercicio enfermero consiste en “promover la vida”, en expresión de Colliere, cómo persuadir de que los enfermeros necesitamos medios para garantizar calidad y seguridad como persuadir de que cuidar exige formación, motivación –no sólo intrínseca- e inteligencia  por parte de aquellos que se dicen responsables del Sistema Sanitario. ¿Qué digo inteligencia?  Bastaría con un ápice de sentido común.

No apunta al sentido común ver cómo, miran –miramos todos la verdad- hacia otro lado ante, por ejemplo,  el denominado “invierno” o “suicidio demográfico” que atraviesa nuestro país con índices de natalidad muy por debajo de la denominada “tasa de reposición y encima retiramos del derecho al conjunto de las prestaciones sanitarias a los únicos que parece podrían salvarnos de ese abismo: los emigrantes.

De lo que no nos pueden apartar es de la excelencia, de nuestro profesionalismo. Hace siglos que las enfermeras y enfermeros andamos detrás de la virtud. Pero esa misma virtud nos obliga a hacer temblar, si fuera  preciso, las mismas bases de un sistema que pudiera poner en cuestión principios básicos para el mantenimiento de la calidad asistencial y la seguridad de los pacientes. Hace tiempo que venimos alertando sobre las denominadas “líneas rojas de la seguridad de los pacientes.

“No siento con ello el perjuicio que se ocasiona a los profesionales sino el bienestar del que se priva a los ciudadanos sin prescripción enfermera (son seis los años que llevamos de retraso en este desarrollo legislativo), sin reconocimiento cierto de nuestra especialización  que ahora se nos promete para dentro de varios lustros más, sin la implantación de enfermeras escolares para educar sanitariamente y atender a los niños que lo requieren sin la extensión de figuras innovadoras como las enfermeras gestoras de casos cuyos resultados son óptimos en materia de eficacia, eficiencia y efectividad, sin adecuación del número de profesionales a las necesidades reales de la población, sin reconocimiento de nuestra capacidad para ejercer una buena gestión clínica,  es decir sin todas esas cosas a las que se habían comprometido nuestros políticos y que ahora, como siempre, ya no habrá tiempo para poner en marcha porque estamos a las puertas de unas nuevas   elecciones.

La historia de Roque

Mientras tanto, he decidido pensar exclusivamente en lo único importante y lo hago compartiendo una historia vivida que hoy mismo compartía con nuestros colegas del Hospital Gregorio Marañón. Es mi historia compartida con el Sr. Roque.

Roque era un anciano de un pueblo de la Sierra de Madrid, un pueblo en el que pasé tantos veranos el primero de ellos a los veinte días de haber nacido.

Roque tenía un mieloma múltiple y, por lo tanto, padecía fuertes dolores óseos. Yo tuve la fortuna de pincharle a diario –qué simple- para intentar calmar esa tortura cotidiana. Yo era ya diplomado pero no tenía másteres, ni mucha formación a lo largo de la vida como se puede imaginar, ni menos aún podía pensar con criterio en un doctorado. Era sólo enfermero

Cada tarde Roque preparaba en el umbral de su casa, en una mesita baja, muy baja, como de niños y dos sillitas teñidas de añil, un chato de vino, de ese vino que en algunos lugares de Extremadura llamarían de “pitarra” junto a un pepino, naturalmente de su huerto, partido por la mitad, a navajilla, y bien cubierto de sal Tal vez por eso también ahora tengo que andar con mi enalapril a mano.

Y, después de la inyección, hablábamos. Unos días de la granizada de ayer. Otros de su burro Genarín, siempre atado a la anilla al lado de la puerta de la calle. Otros, hablábamos del olor a tierra mojada o de las nubes que se barruntaban en el Pico de la Miel. Roque me enseñó aquello de que “cuando el Pico de la Miel tiene montera, llueve aunque Dios no quiera”. Y vaya si llovía….

Cierto día quise corresponder a su agasajo diario, que yo interpretaba como una muestra de cariño y afecto,  regalándole un ejemplar del libro probablemente más cargado de lirica que se puede conocer: “Platero y yo”.  Quien no haya leído Platero y yo, aunque ya no sea niño, aún está a tiempo de hacerlo porque seguramente encontrará brisas de la mayor profundidad y, sobre todo, la recreación de una etapa e la vida.

El último días de tratamiento Roque había colocado junto al vino y el pepino, su ejemplar de Platero y yo. Fue entonces cuando me dijo dejándome verdaderamente atónito:

“Rafaelito: me hubiera gustado tanto saber leer. Anda léeme sólo un poco de esta historia.”

Y yo comencé con aquello de “Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.

 Lo dejo suelto y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas… Lo llamo dulcemente: “¿Platero?”, y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal…

 Come cuanto le doy. Le gustan las naranjas mandarinas, las uvas moscateles, todas de ámbar; los higos morados, con su cristalina gotita de miel…

 Es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña…; pero fuerte y seco por dentro, como de piedra… Cuando paso sobre él, los domingos, por las últimas callejas del pueblo, los hombres del campo, vestidos de limpio y despaciosos, se quedan mirándolo:

 — Tiene acero…

 Tiene acero. Acero y plata de luna, al mismo tiempo.

 Roque me miró y exclamó: ¡Coño, como el Genarín!

 Y añadió: ¡Ya no me duele la espalda!

 Roque murió una semana después…,  mientras dormía y yo entendí, de golpe, lo que merece y lo que no merece la pena.

Me siento, nos sentimos tan orgullosos de ser enfermeros.

¡Feliz día!

 

 

Rafael Lletget

Autor Rafael Lletget

Tratamos de recuperar la esencia de la perspectiva humanista buscando su lugar en el ámbito de los cuidados enfermeros. El ser humano , más allá de eslóganes y frases oportunistas, constituye el centro de la praxis enfermera.

1 Comment

  1. Marilourdes de Torres
    Marilourdes

    Me ha gustado el día de hoy Rafa, porque en el día mundial de la enfermera hay dos estupendos colegas que han llegado para quedarse en esta variopinta Bitácora: Tú y José Luis. Y yo me siento muy honrada por teneros de vecinos de blog, a vosotros dos.

    Te felicito por tu exposición tan educadamente cañera y señorialmente incisiva, porque ha sido un gusto leerla. Y te agradezco mucho que junto a mi Platero, nos hayas metido en el mundo de la gramática parda del Sr. Roque y de la fuerza revestida de tranquilidad del Genarín. Me han saltado las lágrimas porque esos son valores de la enfermera.

    Comparto contigo que Platero es un libro de cabecera y me permito añadirte dos más a tu mesilla: El Principito y Mafalda, porque ninguno de los tres han sido pensados para niños, aunque a ellos les entretengan y a nosotros, los tres, nos hagan pensar.

    Gracias Rafael por transmitirnos tu sabiduría sosegada y profunda….se te echaba de menos.

    Abracicos

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